Mujer y bestia, desnudas

Por Tristouse Ballerinette.

 

 

Me recuesto en el sillón a soñar con un campo de rosas. Mi gata se acerca despacio, emite un suave ronroneo, lame mis dedos y me mira con sus ojos fijos, penetrantes. Toca mi cara con una de sus patas, y yo me resisto a su insistencia en treparse en mi cuerpo. Estoy desnuda, no quiero que se pose sobre mí, me asusta que me desgarre un poco los pezones. La miro de regreso y mucho me temo que mis ojos no son lo suficientemente fuertes para contrarrestar su voluntad, para combatir lo que ella desea de este mundo. Ahora sí, de verdad, estoy desnuda. Desde mi desnudez radical, me doy cuenta de que lo que siento en realidad es pudor, pudor ante su deseo de tenderse sobre mi torso desnudo, pudor ante su demanda de caricias. Recato ante el hecho de mezclar el contacto, la desnudez, el cariño y el calor con un animal. Vergüenza ante la posibilidad inocente de la entrega. Mujer y bestia desnudas, tendidas sobre el sillón. No hay inocencia, no, la he perdido.

No me queda más que aceptar avergonzada, estúpida,  la superficie plana de mis ojos, de mi cosmovisión, y en un breve esfuerzo me olvido de todas las creencias que a lo largo de los años he albergado acerca de quién soy, acerca de mi sexo, acerca de quién puede y quién no debe tocarme, decidir mi placer, hacerme vibrar, mantenerme húmeda y saciada o acallada y en mi sito, sedienta, insatisfecha. Me olvido de todas las absurdas sentencias que han vinculado desde siempre no sólo el erotismo con el pecado, sino la caricia con el sexo. ¿Dónde ha quedado ese espacio donde el cuerpo femenino puede dedicarse exclusivamente a la ternura, a la entrega amistosa, a la calidez del abrazo afectuoso, a los arrumacos que no llevan a ningún deseo sexual, a ninguna búsqueda de orgasmo, a ninguna necesidad lúbrica, de penetración ni de posesión del otro?

Se van volando mis prejuicios como estrellas de papel picado. Y sin el miedo a cuestas, mis pezones florecen  y decididamente me tiendo completa sobre el sillón y dejo, simplemente, que la gata recobre toda su humanidad y decida que yo soy el lugar perfecto en el que hacerse acompañar para refugiarse de los sinsabores de la vida, que son tantos. Entonces nos echamos a dormir, así, al natural, iguales las dos. Aunque, cómo omitir la diferencia palpable entre nosotras: ella, con sus bellísimos ojos de espejo abismal;  yo, con los ojos plagados de vestigios caducos, con mi superficialidad y con mi miedo.

 

Kamilė Krasauskaitė

Kamilė Krasauskaitė

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