Frente al espejo, sin prototipo

Por Señorita Cronos.

 

 

Se suele decir que las mujeres somos criaturas delicadas y bellas, llenas de virtudes y pureza, ¿hasta qué punto es esto cierto? Hoy en día tener un exceso de grasa corporal en una sola parte del cuerpo no es estético, y tampoco carecer de ella. Cada vez que me miro al espejo, desnuda claro, intento observar cada parte de él, con la delicadeza que el mundo tanto nos agradece e intento observar si hay algo malo en él. Puedo encontrar pedazos que a pesar de tener tan sólo 18 años comienzan a decaer. Algunas partes llenas de vello y algún otro desgarre de la piel que es la marca de una batalla ganada, hace tiempo atrás.

Luego de hacerme consciente del daño psicológico que acabo de hacerme, me siento sobre la orilla de la cama y me veo de nuevo, sin la ayuda del espejo y con mis ojos esta vez. Algo ha cambiado, podría ser la luz, pero ahora veo proporciones bellísimas, lo veo más claro, con más color, más calor y una historia escrita en cada parte de piel que puedo observar y que el espejo no puede mostrarme. Me río de algunos lunares embusteros que parecen manchones en el lienzo de piel que me cubre y dibujo estelas con los lunares que voy juntando. Me gusta, porque no hay un orden en mi cuerpo y puedo trazarlo y pintarle lo que yo quiera ver en él. Eso no me lo permite el espejo que tantas veces me grita que si bajara tres kilos se vería mejor, o que susurra que tengo un exceso de carne (los llamados “flotadores”), por la parte de atrás de mi cadera.

El espejo a veces me ayuda a decirme bella, y en otras ocasiones, todo lo contrario. Finalmente prefiero mirarme por mí misma, me digo las cosas yo sola sin necesidad de la opinión de mi hipócrita amigo el espejo el cual ahora solo habla cuando yo le digo que lo haga. Mi cuerpo me sonríe, me agradece que lo quiera como es sin juzgarme un segundo. Y mi sonrisa, lo denota.

 

Diego de Velázquez

Diego de Velázquez, “La Venus del Espejo” 1647-1651.

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