Mujer desierto

Por Caperucita, cansada del lobo, del bosque, del cazador, de la abuela y de la caperuza.

 

 

Hay períodos en donde siento la lengua entumecida y el alma yerma.  Como si toda potencia se hubiera escurrido por mis piernas dejando una sensación de sequedad. No recuerdo desde cuándo empezaron estos lapsos donde el cuerpo parece deshabitado, hueco y marchito. Tampoco encuentro las salidas para evadirlos.

 

A veces paso horas temiendo que nunca se vayan, que se queden como sombra funesta o como voz fantasmagórica que me susurra al oído lo poco deseable, lo poco creativa, lo nada atractiva, lo tan infinitamente inadecuada que soy. Porque estos períodos son así, perversos y crueles. Se alimentan de mis ganas de crear, de sentir, de coger, de amar, de estar… y me dejan reptando entre el fango de mis miserias y la inanición.

 

La vida en esos días es apenas identificable, comer por obligación, intentar crear por obligación y respirar por costumbre.

 

Así, hecha ovillo, apenas respirando, froto mi cuerpo, siento mi respiración, me meso y recorro este cuerpo adolorido y cansado. Una vez, otra más. Inhalar y exhalar para re-encontrar el goce y el deseo indómito que manaba a chorros por mi sexo, ahora reseco.

 

Me lamo y me doy espacio para sentirme sin miedo, así desierta. Esta también soy yo y sé que en mi cuerpo encontraré la salida.

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