Reflexiones

Por Madame Edwarda

Tanto le exigí al amor romántico que me convertí en su propia tirana.
Me he dicho tantas fantasías en cuanto a él que terminé por no creerle ni quererle.
Mi vulva permanece anestesiada.
Me invento día a día una rutina estricta para no sentir-me.
Me digo que no hay nada mejor para la sensación de vacío amoroso que la rutina.
Me organizo de manera impecable, como frutas y verduras.
Tomo dos litros de agua.
Medito para sentir cómo este yo limitado-encarnado-permeado de imperfección desaparece en la integración cósmica, donde es otra vez “nada” comparado con esa infinita sabiduría y perfección universales, pero donde intuyo que mi ser desolado tiene una función trascendente, aunque no pueda comprenderla del todo.
No hay nada mejor para mitigar la soledad que ponerle un bozal a la mente –vuelvo a decirme.
Permanezco en silencio.
Dejo de repetirme posibles faltas, necesidades y equivocaciones.
Asumo el proceso en el que estar perdida de mí es el mejor sendero posible para husmearme más de cerca.
Husmeo. Me reconozco.
Habito las reminiscencias de mis propias caricias.
La anestesia renuncia paulatinamente a sus efectos.
Habito entonces las memorias de otras caricias.
Mi clítoris se aviva, late aún su propio corazón, se abre a la vulnerabilidad de mis manos, me permite tocar.
Mi vagina llora al instante el reencuentro, se humedece, escurre.
Como en un carrete de negativos fotográficos transcurren en el recuerdo mis amores, otros cuerpos.
Los abrazo, los reafirmo, me entrego nuevamente a ellos.
En un grito sofocado suelto mi hermetismo, me relajo… y vuelvo a la rutina.
No hay nada mejor para la ausencia de mis fantasías amorosas que la rutina –vuelve a rezar mi socorrido automatismo.
Entonces vuelvo a inyectarme la anestesia… Mi vulva desaparece y aguardo en silencio.
Entre tanto, no hago alarde acerca de mi laberíntico y cíclico estatus.

Ilustración: “Reflexión”  de Francine Van Hove

Ilustración: “Reflexión” de Francine Van Hove

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