Entregarme

Por Tristouse Ballerinette.

 

 

A mí me parece que los peces ya no quieren salir de la pecera,

 casi nunca tocan el vidrio con la nariz.

 

 

A cada sucesiva derrota hay un acercamiento a la mutación final,

y que el hombre no es sino que busca ser, proyecta ser, manoteando entre palabras

y conducta y alegría salpicada de sangre y otras retóricas como ésta.

 

Julio Cortázar, Rayuela.

 

No me decido a entregarme. Alguien me ha dicho que mi cuerpo es mío, pero lo que siento escapa de mi dominio. Es como el reflejo del sol en los ojos, a veces no basta con cerrarlos para evitar que la ráfaga de luz afecte la visión. Yo digo que mi cuerpo es mío y esto es verdad sólo en la medida en la que soy yo la que elige qué hacer con él (como si mi cuerpo fuera una maquinaria que puede apagarse o echarse a andar a voluntad). Lo cierto es que no es tan simple. Lo cierto es que yo no decido sentir, lo único que puedo hacer es encausar la sensación, el sentimiento. Domesticarlos. Negarlos. Evadirlos. Darles poder y permitirles crecer. Aceptarlos. Pero ¿decidir sentir algo? Imposible. Cuando menos, imposible para mí. “Vos no elegís la lluvia que te va a calar los huesos cuando salís de un concierto.”

No se puede elegir en el amor. Y a esta premisa añado: No se puede elegir en el deseo. Se  siente lo que se siente y se quiere lo que se quiere. Aquí se oculta la verdad de lo que somos. Luchamos contra nosotras mismas. Dos veces, de manera inesperada y circunstancial, he visto a un varón desnudarse el torso en plena calle, por trabajo una de ellas -era un hermoso albañil-, la otra a causa de un pleito barriobajero que me puso a hervir la sangre (nada más recordar ese torso marcado, preciso, oscuro y cálido me deja con la fantasía humedeciendo mis labios). ¿Cómo evitar las imágenes espontáneas que surgen en mi mente frente a experiencias semejantes? ¿Cómo revocar las cosas que suceden al interior de mi pecho, que se apilan intensificando un oleaje en mi vientre, un calor en mis muslos? ¿Cómo evitar que la sangre baje e hinche los labios de mi vulva y haga pulsar suavemente mi clítoris? No. No puedo evitar que esas cosas sucedan, que acontezcan en mi cuerpo, que dejen su traza en mi piel y en mi memoria. “La cosidad es ese desagradable sentimiento de que allí donde se termina nuestra presunción empieza nuestro castigo.”

¿Qué tan cierto es, entonces, que soy dueña de mí misma? El deseo me sobrepasa. Yo me alimento de la procrastinación y del silencio. Al deseo le impido crecer. Le impido desbocarse. Lo aplazo. Lo ignoro. Le digo: tú no existes. Y entonces transito con el cosquilleo entre las piernas aunque pretenda no sentirlo. Me digo a mí misma que no tengo tiempo para encamarme contigo. Decido no besarte. Decido guardarme mi deseo para mí misma. Decido no ser tocada e incluso no tocarme. Y, aunque por ratos resulta verdaderamente frustrante, lo cierto es que esta domesticación del cuerpo, esta castración de la mente, este aplazamiento, no son incongruentes con la batalla esencial. Mi deseo tiene vida propia, mi cuerpo se despierta (o se duerme), a pesar mío. Quiero lo que quiero, no lo que querría querer, ya no digamos lo que debería querer. Libro la batalla conmigo misma. Es a mí a quien he de seducir, y finalmente, a quien he de poseer. Porque no es verdad que yo sea mía. De ser así, la conquista de la libertad no resultaría tan desafiante. No sería desgarradora la búsqueda de la autodeterminación. Transgredir y desafiar los propios límites. “¿Quién está dispuesto a desplazarse, a desaforarse, a descentrarse, a descubrirse?”

Para poder entregarme, necesito una voluntad que me conduzca a mi propia penetración. Si tan solo pudiera encontrarme en tus ojos, ver brotar de tu voz la única fuente legítima  capaz de definir mi rostro más auténtico, si desde tus manos pudiera alcanzar mi propia profundidad, hacerme el amor y estallar en el orgasmo más perfecto. Si tan sólo pudiera decir te amo sin saber que algo de mí se va perdiendo, si pudiera descubrirme mientras tu lengua lame mis pezones, si tan sólo mientras cabalgas sobre mi grupa al tiempo que yo te envuelvo entero, no dejara de olvidar los límites entre tu cuerpo y mi cuerpo. Si tan sólo no me olvidara de mí misma, tal y como cientos de años de cultura han prescrito -y que ciertamente aún no he conseguido borrar de mis genes ni de mis libros de historia. Si tan sólo tu sangre grabara sobre cada letra de mi nombre la palabra “autonomía”…  “Es raro cómo se puede perder la inocencia de golpe, sin saber siquiera que  se ha entrado en otra vida.”

 

 

Egon__Schiele

Egon Schiele

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