El ciclo de mi sexualidad

Por Madame Edwarda

Era la primera noche en casi 5 responsables años que dejaríamos de usar el condón. Nos miramos fijamente a los ojos al instante en que decidimos la penetración, era como hacerlo por primera vez. Nos reíamos como niños traviesos, a punto de realizar una loca aventura. Y así fue. Aquí vamos entonces, dijimos sin decir palabra alguna.
Queríamos un bebé. Lo deseamos, lo hablamos, lo planeamos.
En la segunda ovulación, éxito rotundo. Mi cuerpo fue fecundado. Arrancó enseguida el desfile de cambios físicos y emocionales. Mis pezones se tornaron oscuros -un poco menos que mi ánimo–, bajé de peso los primeros 3 meses, vinieron las famosas náuseas –ante las que pasé días odiando mi cocina, masticando raíz de jengibre (muy efectivo, por cierto). Al superar esta etapa nada graciosa, todo fue en aumento. Crecieron mis senos, creció la libido más rápido que mi vientre. Quería devorar a mi hombre con todo mi ser. Crecieron mis caderas, mis nalgas. Creció otra vez la libido, el vientre, la actividad sexual, la creatividad para vivirla. Todo era excitante alrededor del embarazo: mis curvas, mi voluptuosidad, la humedad de mi vagina, la enorme complicidad con mi pareja que me latía en el corazón al haber elegido consciente y cuidadosamente la idea de procrear.
Tan puntual como la estimación médica, vinieron las contracciones. Vinieron fuertes vivencias de dolor y placer simultáneos, se formaron crecientes complicidades: mi marido observaba la dilatación del útero, una guarida oscura -más profunda que nunca-, una vagina abierta –no para copular-; masajeaba mis caderas, no para excitarme, sino para tranquilizar mi desesperación. Sentía partirme en dos. Entre respiraciones torpes y nerviosismo, en un lapso de diez horas, por fin un varoncito hermoso y fuerte llegó a nuestro mundo. Lo pusieron en nuestros brazos, adonde acude hasta la fecha. Lo prendí a mis pezones, era doloroso, pero lo logramos poco a poco. Ahora había que aprender a limpiar sus genitales, a conocer el desarrollo de su pene, a abrir suavemente su prepucio. Fuimos adaptándonos y conociéndonos los tres poco a poco.
Tres años y siete meses después, repetimos el ciclo, llegó una bella mujercita. Mi primera experiencia sólo pudo ayudarme en la segunda en cuanto al embarazo, esta vez el parto ocurrió en el transcurso de 2 horas, desde la primera contracción hasta la expulsión. En cuanto a todo lo que vino después, mi segunda criatura me sorprendió con su unicidad. Aprendí, pues, que los hijos son diversos y diferentes. Me sentía primeriza. Era tan delicado limpiar su vagina, su tierno clítoris. Era tan apegada a mi pecho y a mis noches. Mis pezones entrenados ya no dolían, incluso, era placentero amamantar. En contraste, tenía reflujo gástrico y debía aprender nuevas lecciones.
El tiempo ha transcurrido. Tengo dos retoños sanos y entregados a vivir, 8 y 4 años. He venido observando el desarrollo de sus cuerpos tanto como ellos. A veces se tocan, perciben sus genitales. El varón pregunta por qué su pene amanece erecto, le molesta. Me da ternura. La niña toca su vagina y pregunta por qué es diferente a su hermano y a su papá, por qué ella no tiene vellos como mamá.
Y es en este punto donde me encuentro en un tránsito cíclico de mi propia sexualidad: Si yo no conociera y respetara mi cuerpo –su composición, sus deseos unánimes y manifestaciones-, si yo no ubicara mis zonas de placer, si yo no identificara la multitud de sensaciones y emociones que vivo a través de la sexualidad, si yo no me hubiera preparado integralmente para recibir a mis criaturas y, posteriormente, parirlas, difícilmente podría yo ahora respetar y dirigir cuidadosamente la sexualidad de mis amados hijos.
Llegaron de y por causa de asumir mi sexualidad. Ahora ellos, comienzan su propio ciclo.

Foto original por Anne Geddes

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