Una mujer que vive sola

 

Foto de Iva Cukic

 

Vivir sola tiene su encanto. A pesar de las miradas que con tristeza compasiva me preguntan: ¿sola sola? o, ¿pero vives solita, por qué? He aprendido a no responder lo que no me da la gana; digo: porque sí o cualquier cosa parecida y cambio de tema. Sonrío por dentro. Pienso en las tardes de verano en las que al llegar a mi casa, me quito los zapatos, suelto mi pelo, enciendo mi vela de vainilla y me quito la ropa. Saco del refri una cerveza o una paleta de grosella y me tiendo en el sillón. Eructo. Me río. Juego con los pelitos de mi vulva. Me regalo un orgasmo sabor grosella, gimiendo tan alto como me plazca.

También hay noches de invierno en las que me gustaría que al llegar a casa alguien me hiciera un sandwich para cenar. Que calentara mis pies con los suyos al dormir. A veces pasa, a veces comparto mi casa refugio a viajeros perdidos. Pero al final siempre termina pasando, vuelan hermosamente. Y me quedo con mis flores que compré para mí, con mis plantas medicinales en el patio, con mis velas de sabores y mis auotamores de grosella, sonriendo con todo el cuerpo mientras desnuda y sola ceno pizza.

 

Anuncios