Tomo la palabra

Por Señorita V.

 

 

Hoy escribo yo, la protagonista de muchas de las historias de V, de quien toma su nombre y su forma, más bien su inicial, más bien, de quien se disfraza. V se disfraza de sexo, de mis formas curvas, de mi carne, de mi olor y mi deseo: yo, la vulva de V.

Yo ¿la de abajo? No, yo soy la del centro, soy el centro, aunque a veces quisiera estar más lejos, irme a la periferia. A veces quisiera no ser, cambiar de olor, cambiar de piel, de forma, ser otra. Ser otra… cuando enfermo quiero transformarme. Sí, yo también enfermo. Ella lo sabe, aunque no tenga el coraje de expresarlo, de gritarlo y decirle al mundo que yo también enfermo y necesito tiempo para recuperarme ¿cuánto tiempo? Preguntan los amantes pasajeros, ¿cuánto tiempo? pregunta ella también. Tiempo, sólo tiempo. Y es que V pasó de ser esa jovencita tímida, introvertida, torpe e insegura, que no se le ocurría siquiera tocarme un poquito, que no imaginaba que el universo se escondía en su entrepierna. V era ella, pero creció para ser una mujer adulta que disfruta el auto amor, que se sabe dar placer, que se masturba, que se frota el clítoris hasta sentir las mareas en todo el cuerpo, que se paraliza entera en el orgasmo.
V aprendió también a disfrutar del sexo con hombres, le gusta que su cuerpo caliente choque con otro, revolcarse en el piso, en la cama, en el jardín, le gusta montar y que la monten. Lamer espaldas, morder brazos, cuellos…
Y entonces, cuando yo enfermo ella no lo entiende, si hemos disfrutado tanto, si basta con que me rose un poco con el pie, o la mano para que me excite. Cuando yo enfermo el deseo se va y ella no logra explicárselo. No sabe cómo traerlo de vuelta. Los amantes la buscan, ella responde, pero en el momento antes de ser penetrada, dice que no o a veces no dice nada, pero ahí se da cuenta de que no tiene ganas, que no hay deseo, que eso fue un intento absurdo y desesperado por continuar disfrazándose de mí, de la vulva, la vulva supuestamente infalible, siempre dispuesta al sexo.
Así lo pensó siempre ella, así se construyó desde que descubrió el sexo, desde que se descubrió tocándose inconscientemente a las tres de la mañana en la casa de sus padres. Tenía 19 años. Se sorprendió. Estaba excitada y los dedos de su mano derecha me tocaban, había introducido dos de ellos en vagina. Algo nunca antes hecho, titubeó, pero no retiró la mano de donde estaba. Me tocó, se atrevió a hacerlo y gozamos. Aprendió que no necesitaba a alguien para sentirse plena, se transformó. Me descubrió y con eso su mundo cambió o más bien, la forma en la que ella se presentaba en el mundo cambió. Se dio cuenta de que llamaba la atención y empezó a regresar las miradas en la calle, en clases, en las fiestas en la playa y tuvo amantes, más de los que hubiera pensado. Pero cuando enfermé, la última vez, esa última vez, pasó mucho tiempo antes de que me recuperara y ella perdió el centro. Todo lo que había construido como un espacio propio se derrumbó. El refugio y el remedio se desvanecieron en el aire. Tuvo que esperar, cuidar de mí, darme descanso, dormir mucho y protegerme. Se dio cuenta de que al hacerlo, se protegía a ella misma.
Poco tiempo después recobré mi color, mi olor, mi humedad y mi textura. El deseo es señal de que estamos sanas.

 

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