Mis óvulos abandonados

Por Madame Edwarda.

 

 

Mi ovulación ha agarrado un ritmo que me tiene, bailando su son. Yo trato de seguirle el paso, pero la verdad es que yo sola me pongo un traspié. Hace algún tiempo, llevábamos el mismo compás y la fiesta en paz. Nuestra vida era jovial y sin prisa, sólo prosa. La periodicidad con que mis óvulos se sentían acariciados era constante,  estaban contentos, afirmando su existencia y su función. Dos de ellos, incluso, dieron lo mejor de sí al permitir ser fecundados.

Hoy día se sienten abandonados, no hay caricias constantes, no hay un otro que rete su funcionalidad, un álter ego que refleje su identidad. Llegan a mí sacudiéndome, suplicándome que haga algo con ellos para darles vida.

Cuando una se divorcia, no pregunta la opinión a sus óvulos. Estoy por completar los 38 años, no tengo una pareja sexual y entonces mis óvulos me jalan las faldas anunciando quizás mis últimas oportunidades de fecundarlos en una edad prudente y sabia para los potenciales frutos fecundados. Entonces, ellos se plantan en mí, sacan su bandera roji-negra y hacen huelga, hacen mitote. Entonces yo respondo: bostezo, estoy cansada, me duele un ovario más que otro, me rindo, me quedo sin guardia.

Para infortuna de mis óvulos, mis emociones también están en huelga, no quieren ya saber de óvulos fecundados, así que también armaron su mitote y entre unos y otros manifestantes ando por ahí arrastrando la cobija, fumando un cigarro, montándome a la razón para poner orden.

Para infortuna mía, a veces soy el tejemaneje de mis óvulos reprochando abandono y de mis emociones exigiendo silencio.

 

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