Eclipse

Por Tristouse Ballerinette.

 

 

Su rostro reflejaba las estrellas, su mirada era despierta y espontánea. Vívida. Normal a los dieciocho. Más normal: tener la libido hasta el tope, besarse en cada esquina, en cada parada de autobús, besarse sin reloj en cualquier parte. Hasta lo insospechado llegaba la lengua de su novio de entonces. El primero, el que la hacía tambalearse de sólo rememorar sus ojos profundos, su barba áspera, su gesto de seriedad supuestamente intelectual, porque de intelectual no tenía nada.

Ella quería estar con él. Más que una decisión, era un deseo inminente. ¿Acaso es posible una decisión más libre que la que surge del coño? Quizá sí, pero a ella, en todo caso, cualquier otro tipo de libertad le importaba, claro está, muchísimo menos que un coño. Quería estar con él, y punto. Llevaban más de tres meses. Ella sentía que sus cuerpos se correspondían como deberían  corresponderse  la luna y el sol en los eclipses lunares. Era el suyo un querer sin límites y anhelaba tanto el fuego solar, que no supo darse cuenta de que sería ése, su propio deseo, el obstáculo que se interpondría finalmente entre ella y él. Estaba dispuesta  a reproducir en todas las formas del mundo la visión de su ejemplar masculino, precioso, peludo, delicado con las manos, detallista. Se sentía vibrar entera. Florecer a través suyo.

Las tardes se hacían cortas en sus labios. Las noches, largas lejos de su suave sonrisa, de su voz honda, seductora. Ella pasaba sus ausencias escribiendo para traerlo a su lado, para evocar de esta manera cada roce, cada huella marcada por la indagación de sus dedos. Estaba perdidamente enamorada, enamorada desde la carne, desde la virginidad y la falta de malicia. Es increíble cómo se daba en sus brazos: Si sentía ganas de tocar, tocaba. Si tenía ganas de lamer, lamía. Si tenía ganas de hacer estremecer, hurgaba sin pudor. Y sí quería iluminar su espíritu no hacía más que pronunciar en voz alta la verdad que desbordaban sus pupilas: Te amo. Te amo, amor mío, te amo. Pobrecita niña-mujer, no sabía que se precisa disimular el cuerpo, disimular el amor que se manifiesta en la carne. Ella sólo amaba a manos llenas, sin pensar.

Decidió, así, darle rienda suelta a su amor volcánico. Planearon juntos el añorado encuentro. ¡Vaya si los dos lo deseaban!  Sería un 10 de mayo, y no por hacerlo en nombre de sus madres, sino porque era una fecha de bullicio en las familias y sería más fácil desaparecer sin ser echado en falta. Contradicciones de la vida.

El gran día ambos se desnudaron. De sobra está decir que desde mucho antes, ella se había despojado de todo.  Lo hizo desde que con voz baja y grave él le pidió que anduvieran juntos. Desde que sus miradas se miraron y sus manos descubrieron que no les gustaba soltarse. Ambos se quitaron las ropas, entonces. También los zapatos. Dejaron que sus labios se sintieran y se penetraron la boca lenta, tierna, ávida y salvajemente con sus lenguas. Se dieron en besos infinitos, se entregaron sin juicios, sin caretas. O al menos eso fue lo que sintió ella. Y lo sintió claro, y bien adentro, dolorosamente, cuando la extraña nave surcó su horizonte cerrado y discreto. Ignoto.

Esa fue la vez primera, y no hubo sangre.  No  hubo  s a n g r e. No.

Su segunda sorpresa sucedió al día siguiente cuando él insinuó, de alguna manera que ella sintomáticamente ha olvidado  (¿cómo recordar esas cosas?, ¿para qué recordarlas?), que a claras luces ella estaba, sexualmente, muy experimentada. Lo que ella no olvidó (a veces la memoria no logra ser tan selectiva),  fue la sonrisa recriminatoria, mordaz, punzante aguijón,  que se fundía en la mirada de su amado. Se fundió ese veneno como se funde la luna en el sol cuando hay un eclipse solar. Y todo queda a oscuras. Y las aves, los roedores, felinos, y toda clase de animales se disponen a dormir un largo sueño, pues de pronto acontece la noche.

Ella comprendió entonces que  la oscuridad de estos eclipses dura el tiempo exacto en el que se rompe una lágrima. La luz, eventualmente, adviene y la claridad obliga a las cosas a mostrar su  nitidez, sin sombras.

Anita Kreituse_sketch

Dibujo de Anita Kreituse

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