De cine y literatura

Por Caperucita Loba.

 

 

Dos cosas no nos han de faltar: las delicias de la carne y las delicias de la literatura.
Nagiko, The pillow book.

 

 

Por mucho tiempo pensé que mi camino sería como el de Nagiko y que tendría que encontrar al amante que supiera escribir sobre mis ojos, mis labios y mi sexo. Como me apropié profundamente de esta idea – quizá porque cándidamente imaginé que podría encontrar a mi Jerome- cuando nadie antes había caligrafiado mi cuerpo, tomé por escribano profesional al primero que pasó con una pluma bic.

 

El hombre de la bic y yo vimos muchas películas juntos y usamos nuestra piel como lienzo en un sinnúmero de ocasiones. Con cierta falta de destreza escribíamos uno sobre otro y nos complacía imaginar que seríamos la versión mexicana de Kichizo y Sada Abe. En mis sueños, cogíamos como locos y añorábamos que la muerte sucediera en medio de un orgasmo sobrecogedor. En la realidad, medio cogíamos como locos y tuvimos pocos orgasmos. A pesar de este detalle, estaba convencida de que teníamos nuestro propio imperio de los sentidos. Ninguno de los dos murió por amor, ni por asfixia durante el sexo. La realidad confrontaba nuestros deseos y sueños cinematográficos.
Al tiempo, aún muy influenciada por el libro de cabecera, mis añoranzas transitaron de la imagen en movimiento a las letras. Con la frase de Nagiko entre ceja y ceja, quise que no faltara la carne ni la literatura, entonces soñé que  podía ser Simona. Me imaginaba con medias de seda negra,  la capacidad de seducir con sólo esbozar una sonrisa y la disposición para decir, sin vergüenza ni tartamudeo, la palabra culo. Leímos y releímos juntos “La historia del ojo”, pero en mi intento de ser Simona afloraron las autocensuras y represiones. No era una mujer seductora, al menos no como la del libro, y no podía mostrar mis nalgas murmurando frases lascivas. Por supuesto, tampoco logré reventar huevos con el culo. Siendo completamente franca, ni siquiera lo intenté y reconozco que ni se me antoja.
Después de un tiempo, el hombre de la pluma bic salió de mi vida. Llegaron otros, algunos ni a pluma llegaron. Toma tiempo entender que para sentir hay que dejar de lado todos los guiones y las palabras escritas. Ahora, estoy precisamente escribiendo un apartado de mi propio libro, con suaves trazos he plasmado mi nombre y lo que me gusta.

 

pillow book mar

The pillow book de Peter Greenaway

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