Huevo de jade

Por Francine.

 

 

Amanece. Me duele la luz en los ojos, quiero encausar mi voz, darle nombre y sentido a mi necesidad, a este deseo que se agita despierto. Me estremezco con sólo pensar en lo que pide ahora mismo mi cuerpo. Manos, cuello, espina dorsal. Vulva, hombros, umbral de la vagina. Umbral. Umbral. Entrada. Puerta al oscuro latido de mi voz. Útero oscuro, oculto, vibrante, pleno.

Me quito la ropa de dormir. Abro la pequeña caja de madera que guardo en la mesilla de noche, con dedos firmes tomo mi huevo de jade y lo paso despacio por mis senos desnudos. Verde translúcido, ilumina mi piel. La piedra está fría, delicadamente pulida. La llevo rodando despacio hasta la altura de mi pelvis y ahí la hago girar mansamente. Rueda un poco hasta que, decidida, mi mano la conduce hacia abajo, hacia el clítoris. La vulva, henchida, se descubre plena. Y pide. Entreabro las piernas, el huevo busca el umbral. Umbral. Paso. Lentamente la vagina lo llama. Tránsito hacia un lugar que mis ojos no han mirado nunca. Cierro las piernas y contraigo. Todavía siento el frío corazón de la piedra subiendo, buscando su espacio tranquilo al interior de mi cuerpo, mi pensamiento la sigue hasta que se hace tibia, cálida persistencia. En mí la dejo estar.

Me levanto, saco algunas prendas del armario. Me visto, calzo mis pies y asomo mi rostro en el espejo. Un suave resplandor me dibuja. El día transcurre y yo, yo me siento vibrar dulcemente a cada paso.

 

Amadeo Modigliani. 1919

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