Tocar mi sangre

Por Tristouse Ballerinette.

 

 

Crecí con la idea de que hay que ocultar la sangre menstrual. Nunca vi a mi madre menstruando, es decir, nunca fue claro para mí que ella estuviera en esos días del mes, nunca la vi quejarse ni padecer por ello, pero tampoco lo contrario. Sencillamente era una cuestión invisible. En mi casa había compresas y no recuerdo bien por qué o cómo fue que supe que se ponían entre las piernas, en la ropa interior, aunque no entendía claramente para qué. Sabía que las mujeres sangraban, sólo no sabía cuándo, por dónde, no me resultaba claro. Recuerdo haber usado algunas toallas a escondidas, y después de un rato pensaba ¿y luego? Supongo que mi mente infantil asumía que si se usaban algo pasaba, no al revés, que algo pasaba y por eso se hacía necesario su uso. Así que bueno, menstruar estaba en el ámbito de la fantasía y de la magia… que terminaban justamente al paso de un par de horas, cuando me quitaba la toalla y ésta, sencillamente, estaba igual, un poco sudada, pero igual.

Así que no es tan descabellado que a lo largo de mi vida haya tenido una relación de amor-odio con mi sangre. En el fondo esta alegría, esta sensación de “madurez”, de fertilidad, de ser cuerpo. Por el otro, el rechazo, el malestar, el temor y el enojo por manchar, “ensuciar” mi ropa, las sábanas, todo y que el resto del mundo lo supiera. Me moría de vergüenza cada vez que mi flujo desbordado escurría y no podía ser contenido más por la compresa. Era la evidencia terrible de la sangre y el descuido anti-femenino de haber dejado que la sangre se saliera de su higiénico cauce. Así es, si te manchas eres una descuidada, una sucia, una chica boba que no sabe ser mujer, es decir, una maestra del disimulo. ¿Acaso no se nos enseña a las mujeres desde pequeñas a disimular, a seducir, a engañar, a aparentar? Si tienes cólico, hay que fingir que eso no pasa, si tienes un flujo desbordado –como era mi caso- y no te apetece hacer deportes, eres una escurridiza, quejumbrosa, que inventa excusas. Y también es cierto que sucede lo contrario, hay espacios más tradicionalistas y conservadores que afirman que una chica que sangra no “puede” hacer nada, por tanto no “debe”, no es adecuado. Lo increíble es que hasta la fecha no exista la libertad de que en cada caso sea una la que decida cómo va, cómo se siente, en qué día del ciclo se encuentra. Siempre la prescripción que se impone ante lo que únicamente sabemos desde dentro, sintiéndonos.

Durante muchos años evité el sexo durante la menstruación. Nadie me lo impuso realmente, fue sólo la interiorización cultural, el entorno de invisibilidad dentro del cual crecí. De pronto me parecía asqueroso chorrear todo el espacio con mi sangre, una sangre que era mi responsabilidad y que, por ende, sería yo quien tendría que limpiar. ¡Qué bochorno que otro tocara mi sangre! Además, nunca nada de lo que he manchado ha vuelto a quedar reluciendo de blanco, no tengo la destreza de quitar manchas de sangre, ni con cloro, limón, sal o vinagre. La mancha se queda para recordarme que no tengo lo que se requiere de mí.

Pese a esto, cada vez soy más capaz de lidiar con mi sangre, es decir, conmigo misma. Mientras el proceso de fertilidad habite en mí, está claro que la ciclicidad de alguna manera me determina, y lo cierto es que me gusta, estoy aprendiendo a tocar mi sangre. A veces siento mi vulva, la entrada de la vagina con la punta de mis dedos y ahí está, la humedad espesa, un poco resbalosa, borgoña, intensa.  A veces espero incluso a que se seque, no corro a limpiarme la mano, no temo embarrar todo, ¿qué más da si no soy suficiente? Por lo demás, es un líquido hermoso, en él se origina lo que somos, por su riqueza existimos. Esto no quiere decir que quiera bañarme de sangre ni que me haya convertido en una adoradora de fluidos, sencillamente me adentro en mí, me acepto, reconozco la fuerza que me es inherente con el simple hecho de dejar de hacer como si no existiera, como si no sangrara, como si no fuera mujer. Porque es verdad, yo no puedo dar una definición absoluta de lo que significa ser mujer, pero sí puedo decir sin temor a equivocarme que ser mujer no es ejecutar con maestría el ejercicio de la simulación, de la farsa, del hacer como si nada pasara, del desviar la atención. Ser mujer no significa fingir ni vivir en el empeño de tener que agradar a todos. Y aunque no todas las mujeres menstruamos, llevamos implícita una extraña y estrecha relación con la sangre menstrual: Ya sea porque se añora, espera, rechaza, niega, disfruta, acepta o extingue.

Lo ideal habría sido aprender a amar-nombrar este proceso desde que se inició en mi cuerpo, pero las cosas han sucedido así y hoy estoy feliz porque me estoy conociendo. Ya no siento vergüenza de teñir mi mundo, he perdido el temor a  tocarme por dentro.

 

 

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