La hinchazón ingrávida

Por Madame Lamer.

 

la opulenta

La opulenta por Madame Lamer

Así como el narrador del principito sólo aprendió a dibujar boas indigestadas de paquidermo, yo de adolescente sólo dibujaba nenas semidesnudas con tetas rebosantes y bocas en forma de flor en libretas clandestinas y yesos de compañeros accidentados. ¿De dónde me vendría ese impulso, hacia dónde? Luego crecí en mis propias moderadas pero reales dimensiones y tomé un taller de figura humana y cambié esas fantasías de 130-50-90 por una mujer oaxaqueña, morena, con rizos brillantes y senos de tamaño natural. Entré en el dominio de lo real y ahí viví a gusto por varios años. Eventualmente me entraron ganas de manipular mi libido, es decir de programar mi excitación con materiales explícitos. Exploré ciertos archivos que incluían registros caseros de pederastia que me resultaron chocantes. Vi luego algunas películas porno que al tiempo que me excitaban me hacían dudar que las protagonistas, siempre en primer plano -los hombres en tercero- por más profesionales y entusiastas que se mostraran, hubieran elegido estar en cuatro patas recibiendo en la lengua semen extraño entre una amplia variedad de opciones de vida.

Fue entonces que me incliné por la pornografía representativa y descubrí el Hentai, un modo de excitarme a voluntad independiente de la primavera, las hormonas, el amor, o cualquier otra fuente de combustión, sin hacerme cómplice de la vejación de nadie, gracias a la habilidad para el dibujo de algún muchacho o muchacha o señor o señora japoneses o no, aunque a decir verdad muchas caricaturas parecen calcas estilizadas de películas porno.
Antes las caricaturas japonesas eran tan inocentes como planas, con sus ojos que se despliegan como pantallas donde las lágrimas titilan, incluso cuando las occidentales tendían al volumen (recordar los pectorales de He-man o las tetas peludas de Shitara). Con el auge del porno se expandieron, como muñecas inflables (¿no es curioso que los hombres requieran por juguete sexual para su miembro una muñeca de cuerpo completo y las mujeres apenas un vibrador?).

¿Es eso el occidente patriarcal? ¿Inflación constante? No sé de dónde nos viene la hinchazón. Sospecho que del plástico, de la inflación de las bolsas de papitas, de los alimentos agigantados a punta de hormonas, esos duraznos de plástico para adorno de una sala donde no había para tener fruta fresca todo el tiempo. Lo curioso es que esa hinchazón de tetas y nalgas descomunales, es impensable como agitadora del deseo en la panza, en los brazos, en el rostro. El peso real está prohibido. Paradójicamente estoy convencida de que sólo el peso nos da una experiencia amatoria profunda, por algo se dice falling in love. Al punto de afirmar que los gordos son los mejores amantes. Yo misma como sujeto de estudio había notado que empecé a disfrutar a otro nivel el sexo a partir y después de mi embarazo. Lo atribuía a un cambio hormonal, pero ahora que lo pienso, fue la primera vez en mi vida que tuve un aumento de peso considerable. Otra prueba me la dio el mejor amante que he tenido. Cuando lo conocí tenía una complexión normal, pero me contó que había llegado a rebasar los 100 kilos. Su gordura infantil lo había hecho más grande desde pequeño, no sólo en tamaño sino también en apetito sexual: a los 4 años coleccionaba, en lugar de estampitas, bragas de mujer. Esto no me lo dijo, pero adivino que la gordura lo aisló durante la pubertad, atizando su deseo solitario. Yo puedo dar testimonio de la única parte que nunca consiguió adelgazar: la lengua. Me comía el coño con la paciencia y delectación con que un muchacho obeso se come su nieve cuando nadie lo está mirando. Me desnudaba con lentitud como quitándole el envoltorio a ese chocolate que tenía escondido en el cajón, comprado con la feriecilla del mandado. Me agarraba la teta como diciéndose: tranquilo, todavía te queda. Me penetraba conla lenta parsimonia del tamaño del mundo.

Sí, esa hinchazón ingrávida del Hentai, es un pobre sustituto del peso verdadero, que nos está vedado por un capitalismo que nos quiere hambrientos siempre, satisfechos jamás.

 

 

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