Aprendí a pedir

Por Madame Edwarda.

 

 

Cada relación ha expandido mi ser. Cada amante ha sido la ocasión para cabalgar mis propios deseos. No he tenido amantes suplentes, sino amores únicos y, con ellos, Edwardas heterogéneas, inacabadas, descubriendo siempre nuevos caminos del placer.

Mis deseos sexuales han sido tan profanos como sagrados, a veces he estado sólo caliente, a veces sólo enamorada; a veces muy caliente y muy enamorada. En ocasiones los deseos han nacido de la energía que yace en mí, en otras han venido de lo que ese otro ha creado en mí.  Demasiadas veces, más de las que hubiese querido, he complacido; en otras me han complacido.

A través de diez años de acostarme con el mismo hombre, de cultivar la intimidad, aprendí a pedir tras los mandatos de mis deseos. Me parece ridículo ya permitir caricias que no me son placenteras; una pérdida de tiempo no invitar al otro a tocar los puntos más susceptibles de mi piel. ¡Aprendí a pedir!

La vida ha girado y me ha convidado de otras pieles, de otras humedades. Mi deseo es incendio y el alma obedece al ímpetu de mi cuerpo, el silencio gime y grita las caricias. La emergencia y la urgencia de penetrar cada orificio levantan la escena accidentada y simultáneamente organizada de los amantes devorándose entre sí, exigiendo sus posiciones y manías preferidas…

Ah-ah-ah-ah…

¡Auch, mi pierna!

-Lo siento

Ahí… Tócame ahí, suave… No, más suave… Sí, así

¿Sientes este punto? Aquí…

–Sí, lo tengo…

Presiona, lame…

¡Ahhhhhhhh! Amo los labios de tu rostro encajados a mis labios inferiores

Sube, entra… Lento, en círculos, mi vagina aprieta

-Ah-ah-ah-ah-ah-ah…

 

Deseos

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