Desaprender los caminos de la negación

Por Tristouse Ballerinette.

 

 

No he desaprendido todavía el camino de la negación de mi cuerpo. La historia de la carne se me ha dictado como algo prohibido, reprochable. Es siempre la mujer la que lleva una tacha incrustada en el cuerpo. Si te tocan, aún sin haberlo pedido, esperado,  es tu culpa, eres tú la que has llamado al deseo del otro. Durante toda mi vida la gente ha puesto el acento en mi belleza física. Jamás nadie ha resaltado mis talentos en voz alta, mi inteligencia, mi capacidad de abstracción, mis habilidades reflexivas, críticas. Al contrario, esas cualidades han sido comprendidas incluso como mis fallas, ¿quién quiere a una mujer que sabe pensar y que, además, quiere hacerlo? Soy una mujer que, pese a su belleza, asusta. He tenido que ahogarme en el mar de los halagos vacíos y de los  hombres-fatuos que se han tomado para sí mismos el derecho de tocarme siendo todavía muy niña  -naturalmente sin haberlo pedido-, solamente porque soy hermosa. Lo que es hermoso se cosifica, se toma por objeto. Yo no soy el objeto de nadie. No soy una cosa. Y tampoco pedí ser bella. La belleza ha terminado muchas veces por convertirse en un lastre.  Creo que muchísimas veces me he empeñado más en pasar desapercibida que en ser mirada en mi cuerpo sexual y femenino, justo lo contrario de lo que se dice hacemos las mujeres. Durante años me he empeñado en masculinizarme precisamente para ser mirada de otro modo, como un igual entre los varones, como alguien digno de respeto, como alguien digno de ser escuchado y tomado en cuenta. Y sí, esto ha implicado que muchas veces haya desdeñado a otras mujeres,  que otras mujeres, a su vez,  me hayan mirado con el rabillo del ojo, juzgando que mi camino es más fácil porque en esta cultura vivimos sumidas en la creencia de que las mujeres “guapas” no necesitamos esforzarnos, basta con que guiñamos un ojo, mostremos los pechos, suavicemos la voz, esbocemos una sonrisa sutil y el mundo nos será ofrendado. Y sí, el haber querido rebasar algunos estereotipos también ha significado que algunos hombres-fatuos hayan pretendido ofenderme llamándome puta o lesbiana.

Tampoco es que sea hermosa en exceso, no. No soy ni más ni menos hermosa que el resto de las mujeres. Hay muchas partes de mi cuerpo que más bien me avergüenzan, justamente porque no están a la altura de lo que se espera de mí como mujer-objeto. El abdomen abultado, la celulitis, las estrías, el vello. Si yo fuera una obra de arte, sería un Rubens. Pero qué se le va a hacer, me ha tocado vivir en la era del plástico, así que se me demanda parecerme más bien a un Lichtenstein: lo ideal es que mis texturas no provengan de la naturaleza, sino del artificio. En ese sentido, si no se lleva a cabo la resistencia a los estereotipos de manera sistemática, no llegaremos a ver el día en que las mujeres podamos habitar plenamente nuestra propia piel. Así que, cuando menos hoy, me conformo con tener la perseverancia de sostener mi voz y con mantenerme en el empeño de dejar de sabotear la emergencia del placer y del gozo en mi cuerpo. Quiero desaprender los caminos de la negación, del autosabotaje y del miedo.

 

La fortuna_Rubens

Peter Paul Rubens, La fortuna.

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