¿En qué momento comenzamos a hacernos el amor?

Por Madame Edwarda.

 

 

 

No hay afrodisiaco más eficaz que el espasmo emocionado de mi vientre cuando te miro desde la ventana aguardando por mí. En el instante en que te observo quedo desprovista de toda guardia. Puedo oler a través del cristal tu piel ansiosa por devorarme con la frescura de tus sábanas limpias; con la dulzura de la mermelada que compraste para el desayuno; con la estela del humo de incienso que perfuma nuestro amor ardiente de deseo. El lagrimal de tus ojos te delata absolutamente erotizado, hipnotizado por las hormonas magnéticas que destilan nuestras glándulas. Te miro desde la ventana y ya entonces me excita presentir el murmullo prudente de tu voz dando los buenos días, mientras percibo tus genitales dispuestos nuevamente al amor.

Hay un límite invisible y confuso al hacernos el amor. Puede que haya comenzado en la obviedad de la carne. Puede ser que haya sido en tu mirada al pararte frente a la puerta de mi casa. Puede que haya comenzado al estrechar nuestras manos para andar el camino a la tuya con la convicción de quien se lanza desde lo alto en un paracaídas. Puede que haya sido quizás en tu sonrisa pícara al descubrir a la gente mirando nuestro largo y suave beso. Puede que haya comenzado al abordar tu hogar, en la bienvenida del gato, impregnado de tus caricias, a quien vociferas tenue una orden por las madrugadas para no despertarme. Puede que haya comenzado en el aroma del café recién hecho, testigo de nuestras pláticas y miradas complacidas. Puede que haya iniciado en tus manos curanderas que ponen a funcionar mis órganos en absoluta sincronía. Pero también puede haber comenzado en tu nariz husmeando mis células… O tal vez en el prolongado arrullo de los latidos de tu corazón. 
No lo sé con precisión. Muy probablemente, cada movimiento, momento, segmento haya sido un comienzo, un mantra incesante, fascinante, independiente, dialéctico e infinito de eso que llamamos hacernos el amor.

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Imagen: “Body language”, de Alfred Gockel

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