No deseo ser sapo

Por Madame Edwarda.

 

 

Nunca he creído ni en princesas ni en sapos. No fui una princesa, ni la de mamá ni la de papá. Fui la improvisación cotidiana del entendimiento inmediato de mis padres, sin plan, sin proyecto. Me echaron al mundo como se supone que hacen los matrimonios, como les enseñaron a ellos que hacen los seres humanos en algún momento de la vida.

Sin embargo, el cuento de hadas me sirve para expresar que sin ser princesa me he sentido constantemente amenazada por sapos; pero no porque ellos pretendan que yo les ayude a convertirse en príncipes, sino porque ellos quieren convertirme en sapo.

No quiero ser princesa y no quiero ser sapo. No pretendo ser esa mujer que vive anhelando la llegada de un príncipe que va a resolverle la vida, va a darle el amor que ella misma no es capaz de darse y va a cubrir todos los vacíos que no aprendió a llenar por sí misma por estar pendejeando con el príncipe. Tampoco deseo ser ese sapo que viene a seducir, deja su mierda y se larga.

El problema paradójico es que de pronto me descubro sapo. Me encuentro tan cansada de los sapos que termino haciendo lo que más odio de ellos en mis impulsos de huir de su anfibio ser: los seduzco, les dejo mi mierda y tengo prisa por largarme lo más pronto posible, antes de que su bufona existencia (bufo es una especie de sapo) me contagie.

Por fin, huí de este sapo… Estoy a salvo, en mi refugio. Pero de pronto, mi alrededor parece un estanque de sapos, me miro en el espejo y tengo ojos de sapo. Entonces me siento profundamente desolada. La soledad que pesa no es la de estar sin un hombre; sino la de haberme convertido en un mísero sapo de los cuentos. Me veo a los ojos y estoy sola, me quedé incluso sin mí. Suelto entonces el llanto, escurro los hombros y solamente me pongo a llorar. Lloro, lloro y lloro, mi pensamiento más vivaz en un momento así ocurre sólo para alcanzarme un pañuelo y limpiarme los mocos. Lloro sin afán una y otra vez… Y entonces el ser que soy se sublima a través de ese acto desafanado de llorar. Tengo tiempo que lloro sin afán, sin autoflagelarme, sin inculparme, sin reprocharme lo que soy. Así que al término de mis arroyos de lágrimas, vuelvo a observarme en el espejo. Estoy de vuelta. No soy un sapo, nunca lo seré. He salido huyendo de mis últimas relaciones, porque los sapos no han tenido nada que ofrecer y, mucho peor aún, no han tenido la dignidad necesaria para recibir lo tanto que tengo para dar.

No soy sapo, no soy princesa. SOY YO, YO SOY, quien venera y recita día a día el profundo amor que emana de mí hacia el entorno, quien ha podido lustrar lo mejor de sí, su derecho a ser quien es, justamente desprendiendo los cuentos de princesas y de sapos.

Sapo de Juan Paez

Sapo de Juan Paez

 

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