Mujer vampiro

Por Madame Lamer.

 

 

Me llaman mujer vampiro, por la fascinación que ejercen sobre mí son los cuellos de los hombres y su geografía: lóbulos, mandíbulas, nuez de adán, cavidad supraesternal, y en especial, la nuca. La nuca despejada, cálida, coronada por el nacimiento del cabello, suave como para recostarme en ella cuan larga soy, tensa como un arco, fuerte como un puente sobre el río que recorre la garganta, tersa para que resbalen por ella las gotas de sudor, equina se inclina, y alzada encabritada, bajo el peso de la cabeza hace un pliegue que suplica ser mordido.

La primera que me hipnotizó fue una nuca japonesa. Pertenecía a Kenji, quien se sentaba delante de mí, inmóvil durante toda la clase, que yo dedicaba a estudiar su nuca. Además de japonés era punk, y llevaba los pantalones grises del uniforme enfundados en unas botas militares negras impecables. Todo él era impecable. La curva de la línea del sweater sobre la nuca, el nacimiento del cabello en forma de y griega, el signo de interrogación sobre las orejas, la línea del labio superior, el perfil, la inclinación de los ojos. Entonces todavía me bastaba el éxtasis de la contemplación.

Mi primer cuello. En principio no parecía tan apetitoso; no era muy largo ni muy pronunciadas sus líneas. Ya de cerca descubrí una nuez de adán que daban ganas de cascarla, contra unos lóbulos apenas insinuados. Las mandíbulas eran fuertes y abajo había lunares, y había esas líneas que se marcan en el cuello horizontalmente, como las que van dejando olas consecutivas. Y el olor de la sangre que traspasa la piel. Buscando el origen de ese olor con nombre y apellido, ese ahí absoluto, la lengua, mi lengua llegó a la nuca, supo el sudor, lamió el sol, dejando paso a los dientes, mis dientes, que se cerraron sobre la piel y cosecharon el primer gemido.

Cada cuello tiene lo suyo. No me guío por tipos o patrones. Me interesa del interior la voz, el aliento. Pero la fuerza del cuello es un valor intransigible. Más allá de la edad, hay quien siempre tendrá un cuello de muchacho, dispuesto a la mordida. Puedo mirar a su dueño a los ojos y él creerá que son de bestia, claros, translúcidos, pero sólo es una desconocida que lo mira insistentemente. Puedo sonreírle y él creerá ver asomar unos colmillos entre mis comisuras, cuando se trata solamente de una mujer que le sonríe sin razón. Y en el intento de escapar, me dará la espalda.

 

mujer vampiro

Ilustración de Madame Lamer

Anuncios