Del Amor y otras simplezas… y purezas

Por Madame Edwarda.

 

 

¿Imaginan qué hay en la mirada de dos seres que han aprendido en soledad a valorar la compañía, el amor, la pasión? ¿Qué hay en el trato de dos -de una mujer y un hombre- quienes han elegido el trato libre y amable, tras haberse desgarrado hasta los huesos, hasta el aburrimiento y el sometimiento en sus últimas relaciones? ¿Qué hay en el trato de dos amantes dispuestos a amarse sin promesa ni contrato o condición alguna? En estos dos hubo inmensidad, eternidad, tatuajes indelebles en la memoria, a pesar del corto encuentro, a pesar del sexo sin sexo… Era momento de celebrar por fin la simpleza y la pureza del amor.

Mirarse el uno al otro los hacía llorar… ¡Cuánta ternura, cuanto gusto, cuánta belleza… Cuánta inspiración! Como si toda forma de enculturación hubiese sido desaprendida en el instante. No tenían ganas de ser nada de todo aquello que se dice se debe ser para obtener la garantía de la permanencia de un otro que dice amarte. Toda esa palabrería arquetípica parecía grotesca, fuera de lugar en el momento.

Se conocieron para no olvidarse… Se observaron para siempre contemplarse, en el sueño, en la no presencia, en un camino intermedio entre kilómetros, en punto de intuición común en las adversas circunstancias.

Ella sólo deseaba jugar con ese botón de su camisa, hacer movimientos engañosos, estratégicos,  como si estuviera a punto de sacarlo de su ojal y no. Él sólo deseaba observar su risa de niña traviesa, seductora, despojada del futuro. Ella provocaba esa mirada tierna, fresca, dulce en él. Él sublimaba en ella una majestuosa versión del amor fugaz, pero perenne.

Ella desabrochó finalmente el botón, invitó cordialmente a sus sensuales vellos en el pecho a asomarse. Ellos se erizaron dándole la bienvenida. Ella lo acarició con tal devoción que sintió de pronto la determinante bienvenida de su pene… ¡Aaaaah, esa sensación de un pene erguido, duro, muy duro: el monumento a la voluntad de ser, de emerger, de insertar… Un orgulloso pene que ni siquiera ha sido visto, que sólo se percibe rozar a través de la ropa… Sublime deseo de postergación!. Él la recostó en el sofá al tiempo que se recostó él sobre ella. Un sugerente y suave movimiento acomodó sus genitales cual piezas de la misma cosa, aun teniendo la ropa. Ninguno planeaba quitarse la ropa, pues era el encuentro y la despedida de dos personas inciertas ante el próximo encuentro. Decidieron, así, no desnudarse y evitar ser aspirados el uno por los poros del otro.

Él pasó su mano, suavemente, por encima de la blusa sin sostén, por esos pezones concentrados observándolo sólo a él. Ahora él jugaba sigilosamente con sus senos y se regalaban de vez en cuando las miradas diciéndose cómplices, convencidos de que su no-desnudez tan desnuda era la mejor elección. Continuaron las caricias, se prolongaron en palabras, en poemas, en canciones, a través del tiempo, a través del anhelo silencioso y secreto.

Ellos se piensan, se respiran en los árboles. No saben que pasará en su próximo encuentro. Ella probablemente lo aspire en un largo e intenso beso y lo ate a su cama… Él quizás –ojalá- la robe como en los ranchos hasta perderse en el monte, le desnude el alma y la ate a su corazón para no salir de ahí en una eternidad.

Ella lo extraña… Él la extraña. Es lo último que se sabe de ellos.

 

-La-mirada-

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