Perséfone punk

Por Caperucita Loba en versión griega.

 

 

Hoy dedico un tiempo a pensarte. Este será el último momento en el que figuras como personaje, a partir de hoy todo lo que hable, diga o piense en torno a aquéllos días, lo haré situada como protagonista. Si debo ser objetiva, reconozco que no podría identificar tu cara. A veces me gustaría decir que ésos momentos, que recorrí angustiosamente en mi mente en no pocas ocasiones, realmente no sucedieron. Pero cierro los ojos y algo en mis células, en mi cuerpo, en mi memoria más profunda, me gritaba que no te inventé. Hoy ya no eres un fantasma y me importa un carajo si aún existes. Pero un día estuviste presente y cambió mi vida.

 

Por varios años dediqué muchas noches a intentar reconstruir e hilar cada fragmento, porque así lo recordaba, por pedazos. A pesar de mi meticulosidad (lo que tiene ser obsesiva) nunca logré establecer el orden de los episodios. A veces, estoy sentada en tus piernas; juntos hacemos una escena de ventriloquia, tu me manipulas, yo soy un trozo de madera inerte. Otras estoy recostada, muerta, yaciendo con los brazos apretados contra el pecho, sin respirar, viendo entre sueños el asiento de una camioneta desvencijada. No sé si primero fueron los dedos, luego, la lengua, luego la mano, luego… vacío. O primero las palabras, la manipulación y el miedo a que me inculparan o me dejaran de querer. Fueron los años del orden, como si lograr armar el rompecabezas de los días en los que me secuestraste para llevarme al inframundo hiciera alguna diferencia.

 

Otro período de tiempo, más corto que el anterior, lo dediqué a preguntarme los porqués. Vi muchas fotografías mías, intentaba descifrar lo que evidenciaba ese rostro de ocho años. Quizá yo había mandado mensajes equivocados y había sido la causante de mi suerte. Muchas veces me dijeron en casa que era una niña precoz; a la mejor desde entonces era medio puta. Pero las fotos no mostraban ni un asomo de sensualidad. Ahí no había una “Lolita” a quien inculpar con todo el peso de la cultura; había una chamaquilla con barriga y mejillas rechonchas y rosadas. A veces, cuando veía niñas de entre siete y ocho años las observaba meticulosamente, preguntándome quién querría cogérselas.

 

Al no encontrar las respuestas, transité de las fotos a la investigación. En muchos textos encontré que los abusadores suelen venir de experiencias de violación. Seguramente habías pasado una experiencia parecida y estabas enfermo. Con esa explicación me quedé por un rato, hasta que decidí mandarla a la chingada porque era insostenible. Yo no soy como tú.  No estoy poseída, no me inoculaste un virus, no estoy maldita y no, nunca me ha apetecido tirarme a un niño/a. Esta certeza absoluta invalida la explicación.

 

Muchos períodos pasaron. Llegaron los meses del pánico, los de orinarme en la cama, los del dolor, los de la ira, los de la vergüenza, los de la compasión, los de la culpabilización. Tampoco recuerdo cuál de esos meses sucedió primero; a veces se amasaban y como una bola de hierro me caían encima, todos juntos.

 

Mientras lidiaba con eso experimenté otros ataques. Algo iniciático tuvo tu contacto con mi cuerpo que me puso a disposición de otros. Porque sí, después de ti vinieron otros, algunos más agresivos, otros menos decididos. Todos sintiendo el mismo derecho de posesión sobre mi cuerpo, entonces adolescente. Y mientras tanto, yo, con el amasijo de emociones, preocupada además porque nadie querría a la abusada, a la manoseada, a la que el contacto físico le traía de regreso todos los recuerdos, sepultados a la fuerza para poder seguir viviendo.

 

Luego vino el momento de asumir que tenía la opción de no construirme como víctima. Y desde hace años vivo ahí, en el que ha sido el período más placentero y en el que he elegido quedarme. Hoy he logrado verme sin asomo de condena y con la completa seguridad de que puedo vivir mirando de frente todo lo que ha sucedido. Desde luego, el tránsito no ha sido fácil, pero yo puedo narrarlo como me dé la gana y a mi me place ponerlo así.

 

Cada suceso me trajo hasta aquí y lo que veo en el espejo me gusta. Tan imperfecta, contradictoria, plena y feliz. Y aquí, ya no estás tú. Las experiencias se quedan conmigo y seguramente, aunque ya no quiera, volveré a ellas para revisarlas de otra manera, ya sin dolor. Transité por lo que muchas niñas y mujeres han vivido y han callado. Y sobreviví. Porto mis cicatrices con orgullo.

 

Esta soy yo, la que fue secuestrada y llevada al inframundo y que puede volver al mundo de los vivos para disfrutar la belleza y las flores que llegan con la Primavera. Volver al reino de los muertos no me atemoriza. Yo elijo cuando desciendo y las sombras me la pelan.

persephone and the perfume of flowers

Persephone and the perfume of the flowers de Sandra Jean Suleski

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