Cuarto creciente

Por Francine.

 

 

Aseguró con llave la puerta de su departamento, se dirigió a las escaleras en vez de usar el ascensor. Bajó tres pisos con ritmo apresurado. Estaba oscuro, el portero se había ido hacía horas. La noche estaba tibia. A través de los amplios cristales del vestíbulo principal del edificio, un ligero viento parecía acariciar las hojas de los árboles. Apenas pisó la acera, un intenso escalofrío recorrió su cuerpo. Dio tres pasos y en su oído izquierdo sintió la exhalación de un suave aliento. Él la tomó con firmeza por la espalda, ella no supo, no quiso resistirse. Y al final no hizo más que cerrar los ojos al tiempo que se entregó completamente a la presión del beso profundo que, lentamente, desde su cuello la tomaba por sorpresa. Fuego intenso creció en sus entrañas. La eternidad abrió la noche, aunque ese beso haya sido tan breve como el presente. Al abrir los ojos, la calle estaba totalmente desierta. Desierta y desnuda. Apenas la miraba el tímido resplandor de la luna. Percibió un extraño cosquilleo bajar desde la nuca hasta el hombro, y de ahí hormiguear en dirección de su brazo y su pecho descubierto. Se llevó la mano al cuello, su cuerpo excitado temblaba y se desplomaba en el suelo. Un solo pensamiento, inscrito bellamente en su lengua, la invadía.  Cuarto creciente.

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Imagen de Russ Mills, tomada de behance.net

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