Una lección de historia

Por Madame Lamer.

 

 

La pérdida de la virginidad es como el descubrimiento de América. Un concepto erróneo de origen. Cada vez que en cada escuela le preguntan a un niño ¿quién descubrió América? la conquista se repite. Decir que América fue descubierta por Colón, implica mirar no sólo ese hecho, sino todos los restantes de tu historia y hasta tu presente, por el telescopio de Colón. De la misma manera, marcar tu vida sexual antes y después de la primera penetración, y además rotularla como pérdida, es cuando menos enigmático. De hecho creo que si entonces yo hubiera ido explorando poco a poco las sensaciones de la penetración en lugar de pensar “llegó la hora de perder la virginidad, que sea lo que Dios quiera”, hubiera sido capaz de disfrutarlo. Pero ni siquiera pude informarle al amado. ¿Qué tendría que haberle dicho? ¿Soy virgen? Me parecía ridículo y con justa razón. Es como decir soy gay, es como decir soy india, es como presentarte a los demás con el sobrenombre que te pusieron en la escuela quienes ni te querían, ni te comprendían. Le hubiera dicho: Voy a coger por primera vez en mi vida, o mejor aún, voy a hacer el amor por primera vez en mi vida, y me alegra que sea contigo, pero tengo miedo. La verdad es que estaba tan preparada como los habitantes de este continente cuando llegaron los españoles. Es decir, ni siquiera me daba cuenta cuando estaba caliente. Por un lado estaba mi mundo interior y mi mano; por otro, estaban los amores platónicos, sus imágenes, ideas de hombres, y las visiones de las cópulas ajenas. Estaba muy lejos de ese momento deleitoso de una mujer cuando se conoce a sí misma en función del otro, y sabe exactamente qué le está pasando con él, y en dónde.

Ignoro qué estaba pensando cuando metí al amado en la alcoba que gentilmente me cedió mi hermana mayor (pues entonces yo dormía en el sofá de la sala). En un cuarto muy al fondo de mi ser se han de haber reunido mis personas para un acuerdo más o menos en estos términos: Hasta que te enamoraste! Mira, ya te diste unos besos, ya pasaron 3 días, ya se conocen, y sobre todo, tú ya tienes 19 años. Ve. Y vino el forcejeo -no entra, relájate- el doloroso trámite- que acabe ya- la silla de montar de papel higiénico para detener la sangre, mi estoicismo, las estrellas y el joven amante propulsado en el espacio exterior del desconcierto.

En cambio América, que ignoraba llamarse de tal manera y no tenía la menor posibilidad de considerarse a sí misma como continente (esa visión de los que venían de un cachito de tierra muy traficado) ni se puso de acuerdo ni pensó que ya era hora, ni le dieron chance de preguntárselo. 19 años no era una hora avanzada en el reloj biológico-social, era un año en que yo estaba llena de broncas y más bien necesitaba un amigo. 1492 no era el tiempo en que ya tendríamos que haber conocido las armas de fuego: estaba plagado de diversos conflictos imposibles de equiparar en una inmensa extensión de tierra que no tenía el más mínimo vislumbre de considerarse a sí misma como una unidad. Qué lindo hubiera sido que los europeos se hubieran presentado como posibilidad de reconocimiento y no como imposición, designio, bautizo: América Virgen, el signo de la cruz. Qué lindo que el joven amante experimentara mi delicia y no mi fatalidad. Claramente él, ellos, tampoco estaban preparados.

 

Juan Diego, Ahumada

Juan Diego por Manuel Ahumada

 

Anuncios