Sí te quiero, pero virgen

Por Tristouse Ballerinette.

 

 

 

Hace tiempo camino despacio, me peino y me despeino, me bebo las horas pensando si acaso esto es todo lo que queda ya para mí, si acaso volveré a amar con la espontaneidad, con la entrega con la que aman las mujeres que se sientan frente a mí en las cafeterías, las que van de la mano en la calle, las parejas con hijos sumidas en sus relojes y en sus monotonías. Me pregunto si acaso mi sexo seguirá reclamando estar vivo.

Y entonces  me encuentro contigo, y en cosa de días o meses,  me dices te quiero. Y después me tomas la mano, me haces el amor con palabras,  enredas tu mano en mi pelo y desenredas con besos mis piernas. Entras en mi cama, apagas mis insomnios con tu abrazo profundo, me llevas a navegar el horizonte de la exhalación y del cuerpo. Hundes tu lengua en mi vulva e incluso te acomodas con gusto entre mi sangre.  Borgoña te tiñes.

Y lo cierto es que ese amor que me ofreces, ese amor de brasas y de fuego, ese amor como de dragón custodiando un castillo ha sido capaz de silenciarme a veces, de asustar mis espantos por un rato, de alejar la tristeza. Pero no es un amor milagroso, la fractura habita en mí, persiste incierta y frágil, aún me respira  la angustia de haber perdido el rumbo, de no saber ya más cómo me llamo. Y ya sé que es absurdo que aunque haya olvidado mi nombre no haya sido capaz de olvidar mi pasado en los brazos de alguien. Que no haya logrado borrar sus crípticas letras de mis labios. Que no haya logrado borrar de mi vida mi historia de parto, mi soledad, mi abandono, mi entrega y el deseo pleno de una existencia perfecta tal y como me la vendieron en esos cuentos donde siempre hay un príncipe dispuesto a dar la vida por una muchacha cualquiera. Y esa, esa es justamente la cuestión, que yo ya no creo en príncipes. Y por lo demás, ni soy una chica cualquiera, ni quiero ser princesa. No quiero ser de nadie ¿me entiendes? Yo soy mía. Todo esto lo sabías y ahora parece que en nombre del amor has construido un cerco en torno mío, en torno de mi cuerpo, de mi deseo y ridículamente también de mis recuerdos. De pronto comienzo a entender lo que entraña el tabú de la virginidad que por tanto  tiempo se me había presentado incomprensible. Me queda tan claro ahora que lo de menos es el sexo, lo de menos es que mi cuerpo no esté intacto, el problema radica en la intolerancia a aceptar que donde ha habido otro amor existe también el juicio, la huella inmanente de esa experiencia. El problema radica en la incapacidad  de aceptar que mi satisfacción y mi felicidad no dependen, ni han dependido de ti,  que yo no me hice mujer en el exacto momento de conocerte.

¿Así que me quieres siempre y cuando en mi mente haya sólo lugar para lo que contigo he sentido? ¿Me quieres siempre y cuando olvide u omita los nombres de todos aquellos que antes de ti he amado? ¿Así que me quieres siempre y cuando aprenda a fingir la alegría y el gozo, siempre y cuando no te diga qué tipo de caricias y de ritmos son más efectivos de acuerdo con mi estado de ánimo? ¿Me quieres aunque a veces me pases de largo e insistas en verme sin importar que yo necesite tiempo para reflexionar, para descubrir nuevamente quién soy? ¿Me quieres siempre y cuando te rinda cuentas de todo lo que pienso, hablo, proyecto, escribo y veo? ¿Así que dices quererme, siempre y cuando, claro, me reconstruya una virginidad a base de negar todo lo que he sido y he querido ser a lo largo de mi existencia? A todo esto, lo único que a mí me apetece responder es: Yo también te quiero, pero no gracias, va a ser que no. Yo ya no soy virgen. Y lo que es más ¿para qué querría ser virgen de nuevo? ¿Por qué querría renunciar a ser, con todas sus letras, mujer?  ¿Por qué querría renunciar a  la preciosa libertad que con temple de hierro he conquistado? Me convierto en mujer cada vez que asumo mi poder de elegir libremente. Sólo desde la libertad puedo construirme a mí misma, y para ello  tengo que echar mano del pasado, de las experiencias que me han marcado, del tiempo vivido. No, yo ya no soy virgen, ni quiero.

Retomo mi andar pausado, me peino y me despeino, me bebo las horas pensando si acaso esto es todo lo que queda ya para mí, si acaso volveré a amar y a permitir que me amen con la espontaneidad, con la entrega propia de quienes todavía creen en los cuentos de vírgenes princesas.  Me pregunto si acaso mi sexo seguirá reclamando estar vivo y me pregunto también si acaso no es contradictorio que para conquistar mi feminidad, mi libertad sexual, me sea preciso en este momento renunciar al amor, renunciar al sexo.

Con todas estas preguntas a cuestas, elijo caminar mis pasos con calma, en solitario, sin castraciones ni elucubraciones desgastantes acerca de lo que se espera de mí. Soy dueña de mí, soy la mujer que ahora mismo soy. Y aunque el horizonte es incierto, me encuentro tranquila.

 

Franz von Stuck_amazona herida. 1903

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen: Franz von Stuck. Amazona Herida. 1903

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