Elogio de la nalgada

Por Madame Lamer.

Son cul, à chaque coup de verge, s’agitait un moment puis se soulevait, les fesses serrées qui aussitôt se desserraient ; on apercevait alors le trou du cul et le con en dessous, bâillant et humide.

Les amours d’un hospodar

Les onze mille verges – chapitre 7

Roman érotique (1906)

par Guillaume Apollinaire

 

 

Sé de buena fuente, fuente a la cual, como a mí, hay que creerle la mitad, que en las cuecas porturarias, de prostíbulo, el pañuelo del huaso chileno golpea las nalgas de la compañera de baile al cruzarse en el 8.

 

Abrir la gracia es una expresión antigua que don Justino usaba para referirse a la costumbre de golpear con un cinto las nalgas de los niños, para que crecieran más. -No llegaba a hacerlo, dice la hija que envejece con él en una casa que hace 20 años se encontraba en la periferia y hoy está en el centro de Guadalajara.

 

La nalgada, campanada, pone a resonar lo hueco que ocultan convexa y mañosamente las nalgas. También llamadas posaderas, ya magras, ya enjundiosas, se sientan sobre lo que se deje, pues es la postura sentada y no la erguida la que en verdad caracteriza al Homo Sapiens.  Postura que irremediablemente remite a la defecación, rito de supervivencia que une a sentante y sentado, mismo que adquiere una concavidad similar a la anteriormente descrita.

 

Para el hombre todo es susceptible de ser penetrado: ese es su orgullo pueril, su consigna. Y aún en la fantasía aromática de los hogares con glade-primavera, la realidad no termina en el centrifugado del agujero pulcro: conecta a las entrañas pestilentes de la mal llamada urbanidad. Y estas a los ríos, lagos, mares, aguas de riego, verduras, ciclo de mierda. Dicho en otras palabras, porque nos sentamos encima de todo, nos cagamos en todo, es que la materia se venga con justicia en la palmada.

 

La triste verdad: no somos más que un pasaje infesto, donde entra lo apetitoso para salir repugnante; se olvida en presencia de las gemelas, testimonio de la generosidad de la naturaleza, quien bien pudiera habernos dejado los puros huesos para seguir comiendo en cuclillas, dicen que es más digestivo. Si el árbol nos enseñó a ponernos de pie, ¿quién nos enseñó a sentarnos?

 

Sin embargo, a menos que nos sentemos en las rodillas del amante, postura en la cual hasta un viaje en camión pollero resulta deleitoso, no es esa la posición que pone en alto a las nalgas. Lo ideal acercarse a la tierra, andar en cuatro patas, en hermandad con el reino animal. Es ahí donde sentiremos esa pequeña distancia entre lo convexo y lo cóncavo, esa mínima resistencia que la nalgada despierta, ese paréntesis carnoso apenas suficiente para hacer sutil la cópula. Un aplauso a la nalga; una ovación dejará la  almohada más muelle, lista para el sueño reparador tras la unión más fecunda, regreso de la carne a su lugar de origen.

 

 

Ilustración: Gulliveriana, 1996, Milo Manara

elogio de la nalgada

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