No eras tú

Por  La Diletante.

 

 

Hoy tengo ganas de gritar a los cuatro vientos que mi deseo no pasaba (necesariamente) por tu pene. Es cierto que te dije que muchas veces ansiaba sentirme penetrada, quizá hasta un poco dominada. Entre paréntesis, te cuento que aún no sé de dónde me viene ese gustillo masoquista, y la verdad es que ya no me lo cuestiono, simplemente, atendiendo esa faceta (que continúa sin ti),  dejé que hicieras. Si tú tenías con qué y yo tenía por dónde (aquí parafraseo a una mujer llena de sabiduría popular, de esa que sirve para darle color a la vida), no era necesario darle más vueltas… Como bien sabes, no veo necesario filtrar el goce y el deseo a través de elucubraciones o teorizaciones sobre la personalidad escritas por algún/a trasnochadx.

 

Después del paréntesis, retomo… Pero (sí, siempre hay un pero), a pesar de mi gusto por las penetraciones, hubo días en que no me hizo falta tu pene, incluso a veces mermó mis ganas. Reconozco lo contradictorio que suena, pero qué le hacemos, el humor cambia y sí, a veces ver tu verga tan tiesa y ansiosa me incomodaba. Otro paréntesis, últimamente me encanta la palabra “verga”, ya sé que no te gustaba pero ahora estamos en lo que a mí me gusta.

 

Continúo…

 

El problema no eras tú, era tu pito. O, para ser más precisa, era la idea que colocaron en tu cabeza (frase sin dolo ni albur), y en la cabeza de otros de quienes no quiero hablar ahora, de que sin penetración no hay goce. Es más, hay incautos que afirman que sin penetración es como si “no pasara nada” ¡Pobres mentes estrechas!

 

Y yo grito que si nos hubiéramos comido y relamido, si nos hubiéramos mirado hasta perdernos, habría pasado todo. Y todo no habría sido poca cosa.

 

Hoy te digo que no quería tu pene, quería todo tu cuerpo. Quise tocar, oler, sentir, hurgar y deseaba que tocaras, olieras, sintieras y hurgaras. Pero no pasó.

 

Si asumiste que tuvimos sexo, cogimos, o como consideres mejor nombrarlo, porque tuviste en dónde meter el pene, ya entiendo por qué todo salió mal. Ciertamente lo metías (¿metes?) más o menos bien, pero no estamos en eso. Tuvimos sexo cuando dejé que te acercaras, que me miraras, que me tocaras, que respiraras cerca. Tuvimos sexo porque mi vulva palpitaba al pensarte, porque tu olor me excitaba, porque me humedecía al pensarte, al describirte, al nombrarte.

 

Lanzo este grito para que sepas, sin ninguna duda, que tú eras bien recibido, tu pene ya no. Pero como para ti el protagonista era, precisamente, tu pito, fue necesario que pusiera punto final a lo que se antojaba como una húmeda historia.

 

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