Hay días como éste

Por Francine.

 

 

Hay días como éste en los que no tengo ganas de nada, me siento apenas respirar, me encuentro sin apetito, es como si la sangre fluyera tenue, despacio, por mis venas; como si el existir resultara apenas sostenible. En días como éste, percibo mi sexo ligeramente palpitar, y esa discreta vibración, ese temblor sutil y tímido, me basta para mantenerme despierta y constante. Es un breve cosquilleo nada precipitado, nada urgente. Entonces me doy cuenta de que esto de la sexualidad femenina de manera natural, espontánea, no tiene nada que ver muchas veces ni siquiera con lo que se considera erótico, erógeno,  cachondo, ya no digamos sexual. Es un mero envolverme, mecerme, es una introspección sensorial. Y uno a uno se suceden los breves latidos en la vulva, en el clítoris. Si aprieto y suelto los músculos de la vagina, se avivan los caminos que conducen hacia un umbral misterioso, profundo. No creo que pueda ser propiamente puesto en palabras. Es un aleteo suave, una caricia de agua, una flor abriéndose, una danza invisible y demasiado amorosa, tibia, que crea delicados surcos al interior de mi cuerpo, vaivenes que rebasan las zonas secretas. Es una danza que anida en mis axilas, en la nuca, detrás de las rodillas, en la boca del estómago. Existo, y así voy abriéndome paso por entre las personas y las cosas, chocando con los ruidos de la calle, con los quehaceres mundanos, haciendo como si nada pasara realmente y es que, es verdad, no pasa nada extraordinario realmente. No me interesa salir al encuentro de nada ni de nadie, me basta con hacerme un hueco en el silencio para permanecer en mí. Porque sí, hoy es un día extenuante, me siento cansada y aun así se manifiesta la belleza al interior de este desgaste acostumbrado: La vida habita en mí, me recorre y yo la dejo poseerme.

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Imagen: Iris Negro de Georgia O´Keeffe

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