Bienvenida, primavera

Por Violeta.

 

Eran las 12:21 am de una noche no muy lejana. Yo seguía despierta, me había ocupado en responder cartas pendientes. Sí, cartas. Así me gusta llamarles, ya que, correo o e-mail, me suenan demasiado institucional, sobre todo cuando se trata de responderle a amigos queridos.

 

No suelo acostarme tarde, pero esa noche me perdí entre los recuerdos y las novedades de mi gente querida. El tic tac resonaba desde el reloj de la escalera, como lo hace un metrónomo durante una clase de piano, al tiempo que yo tecleaba para responder a mis cartas. El anuncio de la 1 de la madrugada me convenció de que era tiempo de parar e irme a la cama, más por precaución que por cansancio.

 

Una vez en la cama, con los ojos cerrados, el pelo recogido en una cola y el cuerpo cubierto por una manta ligera, fui sorprendida por una revolución en mi vulva, específicamente en el clítoris; como el aletear de miles de mariposas en mi carne.  Me quedé quieta, respirando con normalidad (aunque, si soy sincera, en realidad me exalté un poco). El aleteo no paraba, al contrario, pero yo decidí no moverme ni abrir los ojos, sino sumergirme en esa ola de placer. Me visualicé envuelta por miles de mariposas aleteando contra mi cuerpo desnudo, acariciándolo, erizándome la piel, excitándome lentamente. No me di cuenta el momento en que mis dedos jugueteaban con el clítoris, al principio lento y suave, luego rápido, describiendo una espiral, luego un círculo, luego arriba y abajo. Tampoco noté cuánto tiempo transcurrió, pero recuerdo haber sentido que caía al vacío, recuerdo la adrenalina y recuerdo la ola que me cubrió por completo.

Dormí tranquila. Desperté en paz.

 

mujer y mariposas

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