Una historia natural de la verga

Por Madame Lamer.

 

 

Mi primer acercamiento al aparato reproductor masculino fue alrededor de los 6 años. Como crecí lejos de mi padre, no tengo recuerdo más remoto. Se trataba de un amigo de mi madre, que estaba tomando una regaderazo en la casa. Vaya una a saber las razones de una niña de 6 años, pero entré al baño y descorrí la cortina. Quedó a la altura de mis ojos, recta, levemente velluda, escurriendo. El conjunto al que pertenecía era del cuerpo estilizado y moreno de un tipo dulce y bueno, un bello amigo. Cerré la cortina sobre el asunto y ya. Por esas fechas, tenía un amiguito de mi edad, rubio y de ojos azules, que se divertía de lo lindo aireando su pirulín y usándolo de guitarra. Una mañana lo vi echarse en la cama boca abajo y frotarse, e hice otro tanto, en la otra cama. Fue así como aprendí a masturbarme, a la manera de los chicos, o cuando menos de ese niño. Largo paréntesis virginal  de penes voladores en mi mente, habitaciones sembradas de penes, llena de miedo y ansiedad. A los 14 años un muchacho que me hizo perder tierra en una noche me daba besos y me acariciaba y se encajaba en mis caderas sin que pensara en separar esa parte de su cuerpo que me iba ahondando poco a poco, pero llegó una amiga a interrumpirnos para mi alivio. No fue sino hasta los 19 años enamorada perdida, cuando conocí la inmolación. No obstante el discurso sexual abierto de mi madre, viví como un sacrificio ancestral ser penetrada por primera vez, porque fue mucha la sangre y porque así me había determinado la cercanía de la violencia. Fracasé como fracasamos todos cuando creemos que las cosas sólo pueden ser de una manera, que no es nuestra. Y tenía que ser entonces, ya, sin dilación, como el parto con cesárea, o una calamidad sobrevendría al mundo.

Después tuve mucho sexo, de amor, lloraba a veces, otras gozaba profundamente. Entonces no era capaz de ver cuántas cuentas se cargaban a la hora de la piel, cuánta demencia buscaba ser resuelta en unos pocos minutos. Y me fui formando en el placer dolor, y le eché la culpa de todo al amor, y busqué el desapego.

Entonces fue que me encontré con una pierna pegada a unas caderas y unas caderas pegadas a un torso y un torso pegado a un rostro comediante y un rostro comediante pegado a una persona que no llegué a conocer en las 24 horas que lo traté. Pero esa persona tenía una verga hermosa, exacta, y una lengua sabia, además, autora del mejor prólogo que haya yo vivido en carne propia, ¿sabes? sin dejar de verme a los ojos desde su trinchera y con una mano en mi teta y otra en mi pierna.

Por contraste, recuerdo otra persona con la que nunca me entendí, y yo no sé si mi falta de empatía atentaba contra su realización personal, su despliegue en pleno, pero poseía la verga más corta que haya conocido, y era tanta la gana que me dejaba en sus intentos, que se convertía en ira y luego en hastío.

Conocí un canadiense una noche de soledad y budweiser. Grandote el hombre, pero no muy proporcionado que digamos. Me penetró por Detroit y ahí sí que lo sentí.

Tuve un amigante más joven que yo, flaquito él pero bien dotado, y me penetraba con tanto fervor como el rey Arturo, afanado pero en meter la espada en la piedra.

Tuve un gringo, pobrecito, lo presioné demasiado y eyaculó al soplarle en la mejilla. Y una lástima porque era el feliz poseedor de unas nalgas peludas especiales para agarrarse de ellas en la pendiente.

Tuve un francés, pero no hablaré de su desempeño porque se portó muy lindo. Sólo diré que me hacía llamarlo mon monstre y my french lover, y que era guapo como modelo de comercial de Kent, cuando aún existían los comerciales de cigarros y los francos.

Tuve un español, y fue todo un triunfo del amor, porque el amigo estaba hasta el tope de antidepresivos, y sin embargo Madame Lamer logró lo imposible sin más que unas palabritas de aliento, y un poco de intimidad bajo la lluvia. Le dije: me gusta tu edad. ¿43 años? me preguntó sin entender. Y le dije: es que… eres como un tomate, me gusta el punto en el que estás.

Pero mis alardeos me están haciendo olvidar el objeto de estudio, así es que me iré directo al amigo que para mis adentros llamaba Verga Devota. Oh Dios, ese hombre fue hecho para beneplácito de las damas. Tan es así que nació un 8 de marzo. La primera vez que me lancé en sus brazos no sospechaba lo que encontraría. Luego me di la vuelta para recibirlo y Oh! ¡¿Qué es eso!? Me dije. Algo así como un submarino, pero no era Marinela, aunque estuviera moreno y rellenito. Aquí una digresión: ¡detesto cuando los hombres hablan de su “lechita”. Semen, ese sí es un nombre bien puesto, elegante y cachondo a la vez. Tampoco me inspira que le llamen mecos a los espermatozoides. Se parece demasiado a mocos. ¿No creen?

En fin, era un submarino de verdad, y conocedor de sus dimensiones, despacito y cauteloso se movía, con su sonido de radar. ¡Perfecto! ¡Recto! ¡Limpio! De hecho olía demasiado a jabón. Además al Verga Devota le encantaba acariciar largamente. Yo diría que era demasiado cariñoso y a pesar de sus atributos no pudo con mi ritmo. Entonces quiso que lo abrazara un rato para recuperar las fuerzas y eso fue demasiado pedir.

En suma, mi primer acercamiento fue de asombro sin connotaciones. Luego vino el amor que nada divide. Luego vino la división del goce, el miedo y la culpa, alternado bipolarmente con el placer. Luego el conocimiento al estilo decimonónico, cuantitativo, del todo por la parte, de lo general a lo particular. Luego vino la reconciliación del amor y el deseo con my sweet, sweet Jane. Espero que la llegada del verano me permita mantenerme firme en mi postura.

 

Origen-del-submarino

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