Un sorpresivo amor

Por Madame Edwarda.
Siempre he amado a mis amigas, pero esta vez había algo especial, algo diferente. Tenía que verla a ella cada día, de lo contrario, faltaba algo. Estar a su lado, tener algún plan juntas, era el motivo de mi ilusión al amanecer. Salir los fines de semana por la noche, sentirla feliz, observarla bailar, ser tan ella, tan segura de sí misma, tan sensual. Algo que no estaba presente en mis demás amigas, estaba en ella. Mi atención no podía apartarse de ella, pero yo no lo sabía.
Pasó un tiempo para que la conciencia me develara en qué consistía todo aquel alarde en torno a ella; porque eso era, ahora lo sé: un alarde, una gala, un desfile de sensaciones. Sólo los sentidos participaban en aquella celebración de su existencia… Su perfume devino mi obsesión, su voz mi melodía, su roce mi piel… Y aun así, no sabía qué pasaba en mí. Seguramente, las circunstancias nos tenían tan cerca, sólo eso.
Hasta ese momento, había tendido sexualmente a los hombres, era poco posible a mi estructura conservadora reconocerse abriendo, desenvolviendo -cual regalo- un refinado amor hacia una mujer, pero no de amistad, sino de pareja: repleto de deseo, pleno de admiración, armado de voluntad. No obstante, de pronto, como comprendiendo la trama de un cuento, descubrí mi deseo y, con el deseo, la admiración y la voluntad de estar a su lado que ya existían. La deseaba con todo mi ser.
Después de la noche en un bar, como tantas otras noches habían sucedido, conduciendo un mismo auto, vamos a mi casa a pernoctar. Como lo hacen naturalmente las amigas, no discutimos sobre dormir en una misma cama; era además la única que existía en esa casa. Así pues, nos lavamos los dientes, platicamos sin parar, reímos, tomamos agua, nos desnudamos para ponernos la pijama… Y es entonces cuando un rayo de deseo me sacude la cabeza y concientiza por primera vez esa emoción tan nueva, tan bella y, a su vez, tan bochornosa, tan increíble… Literalmente ¡increíble! No podía permitirme creer en lo que estaba pasando dentro de mí: quería besar y tocar a mi amiga, pero no con lujuria, sino con infinita ternura y amor.
Nos metimos en la cama, me humedecía la idea de tocarla; sin embargo, no me atreví a tocarla. Pasé la noche en vela, imaginando qué hacer con semejante sentimiento; imaginando cómo besar y acariciar cada rincón de su cuerpo; imaginando si me rechazaría o me abrazaría.
Al poco tiempo, ella encontró una pareja, varón, claro. Sentí una gran pérdida, dolía. Había perdido las horas para estar con ella, habitualmente disponibles para mí; había perdido la ilusión de quizás algún día conquistar en ella el mismo tipo de amor que yo le profesaba.
Sin embargo, debo confesarlo también, regresó a mí la cómoda normalidad; terminó la angustia de reconocer ese amor socialmente vetado, interiormente escandaloso.
Pero la experiencia que ese amor dejó en mí ha sido de una grandeza insuperable. Nunca estuve más expuesta a mí misma que en ese entonces; nunca pude comprender más los límites de mi propio ser que a través de esa experiencia; nunca entendí mejor el concepto de enculturación que tratando de ponerle nombre a un sentimiento.
Pude reconocer que las entrañas del deseo se reflejan en cualquier ser –hombre o mujer- capaces de sublimar una armonía elocuente y consistente de emociones.
Así llegó ella a mí, sorpresivamente, siendo el ser que reflejaba todo y lo mejor de mí.
jazurdiacuadro01
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