En aquel momento yo era ruinas

Por Tristouse Ballerinette.

 

 

No fue sino hasta que me canse de fingir, que tú apareciste en mi vida. ¿Por qué cuando hay un hombre que nos gusta no podemos  decir la verdad acerca de nosotras? ¿Por qué seguimos perpetuando el encubrimiento de nuestro ser? ¿Por qué no podemos mostrarnos tal y como somos, con nuestras arrugas y nuestros olores, con nuestras canas, nuestros pelos y nuestra sangre menstrual? ¿Por qué no nos damos cuenta que el esfuerzo por parecer perfectas sólo enfatiza nuestra imperfección? (Es como poner el acento en la falla, en el defecto).  ¿Por qué querer persistir  en la imagen de la amable doncella, la pura, la limpia, la perfumada, la suave, la sutil, la dócil? No, yo no soy dócil, yo no soy mesurada ni servil. No me interesa tener más la voluntad de agradar ni de atender a ningún hombre.  Está claro que entonces me daba lo mismo si tú te fijabas en mí, si yo te interesaba.

Nos conocimos y el deseo fue espontáneo. Deseo natural de hablar, de decir lo que sentíamos, de mostrar la verdad subyacente en nosotros. Tú me dijiste:  –A mí me pusieron los cuernos, para ella era normal. Y yo te respondí: –Pues hizo bien, alguna vez en la vida hay que hacer exactamente lo que nos sale del coño. Entonces te echaste a reír y, aunque no me gustabas realmente,  yo quise besarte.

En aquel momento yo era ruinas y desde las ruinas me erigí majestuosa. Desde las ruinas me he vuelto plena  porque he aprendido a mirar con amor mi propio rostro y a darme cuenta de que mi luz es contundente. No hay más tibieza en mí, se acabaron las medias tintas. Ahora soy solo fuego, fuego que brota de mi vulva, soy llama, brasa encendida que rebasa los estigmas de mi destino, es decir, de mi sexo.  Ahora pido, recibo y dejo que mi cuerpo se exprese. Ahora no pienso más en sólo complacer al otro. Ahora lleno de sangre los muebles, mi ropa, y no me disculpo por ser quien soy, no pongo más en suspenso mi vida.

Me reconozco en mis cambios y los abrazo. Me reconozco en mi nombre y lo grito. Me reconozco en ti y sé que es a mí a quien quieres porque mi cuerpo es vibrante, porque desde mis ojos se asoma lo que en esencia soy y no existe ningún otro ser que se me iguale, no hay ningún otro ser que te haga latir como yo lo hago, y eso es solo porque no te miento, porque conmigo se acabaron los sigilos, los rodeos y las elucubraciones. Te doy mi ser, pero no soy tuya: soy mía, plenamente mía y es aquí, en mí, donde tú quieres permanecer y así lo harás mientras ese deseo sea libre y auténtico  para los dos. Tú sabes que eso es cierto, que en un mundo donde la mentira reina y domestica y le arrebata su valor a cuanto toca, la verdad  es el único tesoro que nos queda. Tú sabes muy bien que donde cohabita la verdad, el amor hace nido y germina.

 

Egon-Schiele-1

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