Nomenclaturas

Por Madame Lamer.

 

 

El primer problema que plantea el sexo oral, o sea, hablar de sexo, es elegir cómo se le llama a las “cosas”. Está el nombre oficial, pene, testículos, vagina, ano, y una gran variedad de sobrenombres. No me gusta el coño, demasiado español. Y la panocha, demasiado gráfica. O la zorra, como se le dice en Chile, demasiado peluda. Pero en voz del amante todo se oye mejor. A la hora de las instrucciones, me quedo con “ahí”, Macorina, porque subraya ese carácter indefinido y definitivo que nos caracteriza, y yo prefiero definir que ser definida.

Verga sí me gusta, es una palabra que te llena la boca. Es una estrategia vil y divertida para engrandecer el órgano desde su nombre, que además por su origen marino –la verga es el palo más alto de un navío- le da un toque salobre, pirata, al asunto. El ahí nuestro inefable es la perdición, interior de la cola de sirena. Es un ensimismamiento.  La verga es esa parte que se sale del amante, es su otro yo, y la mejor manera de nombrarla es con un nombre propio y de mujer, para marcar la diferencia de su portador. Sweet Jane, por ejemplo.

Lo cual me remite a un chiste que me contaron, que intentaré transcribir tal cual.

Estaban dos “Marías”, platicando sobre el fin de semana:

–          Qué crees, tú, lo que me pasó antier.

–          Qué, tú.

–           Que iba yo caminando por la orilla de la carretera y que se para un carro.

–          ¿Y luego, tú?

–          Que me habla un junior.

–          ¿Y qué es un junior, tú?

–          Pos es como el hijo del cacique.

–          Ah. ¿Y luego, tú?

–          Que me sube a su rolrois

–          ¿Y qué es un rolrois, tú?

–          Pos es como una carreta pero con llantas.

–          Ah. ¿Y luego tú?

–          Y que me lleva a su bungalou

–          ¿Y qué es un bunglou, tú?

–          Pos es como una pila de jacales uno arriba del otro.

–          ¿Y luego, tú?

–          Y que me sube a su pendejaus.

–          ¿Y qué es un pendejaus, tú?

–          Pos es el jacal de mero arriba.

–          Ah. ¿Y luego, tú?

–          Y que me lleva a su quinsais.

–          ¿Y qué es eso, tú?

–          Pos es como un petate pero grandote.

–          Ah. ¿Y luego, tú?

–          Y que me enseña el pene.

–          ¿Y qué es el pene, tú?

(aquí la relatora aproxima su dedo índice y su pulgar, para graficar algo pequeño)

–          Pos es como la verga, pero ansina.

La especificidad del amor

Una mentada de madre: Cuando alguien te dice, “tienes suerte de que me gusten tanto las tetas, en todas sus formas y expresiones”, está diciendo: tus tetas me gustan porque pertenecen al conjunto tetas, y yo he conocido todo tipo de tetas, grandes y chicas, aguadas y firmes, redondas y puntiagudas, separadas o juntas: todas estas tetas que él nombra están separadas, sesgadas, como en la pornografía, de su contexto. Poner a las tetas de la amada en ese conjunto inmediatamente implica compararlas, porque solo esas comparaciones internas del conjunto tetas son las que posibilitan afirmar: yo puedo hablar de todas las tetas. Es un problema epistemológico.

(Por si no lo notaron, prefiero mil veces decir tetas, tetas, tetas, tetas, tetas, a busto –muy decimonónico- o chichis – muy encogedor,  o senos-muy grave. No sé ustedes.)

En el amor, el camino de la generalización, es un camino gastado y desgastante. Y absurdo. A mí no me gusta tu verga porque pertenezca al conjunto vergas, sino porque pertenece al conjunto tú, que es un conjunto mucho más rico y complejo en sus relaciones internas. Mientras más definido es mi interés más grande es mi placer, my sweet, sweet Jane.

 

teoría de conjuntos

Anuncios