Señorita V

Por Señorita V.

 

 

Mi nombre no es realmente importante, lo importante es la inicial: V. Me gusta la letra V, es mi letra favorita. Es (casi) un  triángulo invertido, como la vulva, mi vulva. Repito la palabra para mí “vulva”, es casi musical; “vulva”, mis labios se encuentran para nombrarla y nombrarme a mí misma; “vulva”, cada vez que la pronuncio siento cosquillas en la piel, en toda. “Vulva” es jugosa, suave, carnosa. Esa es mi letra. Y a veces soy ella. Respiro por sus poros (mis poros) me expando, me encojo, vuelo.

La V también es por Violeta. Violeta tiene un cuerpo, más allá de ese triángulo de carne y a ese cuerpo le gusta ser observado. Cuando soy Violeta dejo que me miren de cerca, muy cerca, más cerca. Ahí, donde la respiración choca con la piel y se siente el calor ajeno, y se vuelve uno con el propio. Lo que más me gusta es mirar, ser yo la que imagina, la que dirige, la que decide. Observo de lejos y de cerca, las dos formas me satisfacen. De lejos me centro en detalles, en minucias; de cerca miro el todo, pero a menudo desisto al deseo de sentir, cierro los ojos y me hundo en el burbujeo de mi piel y las respiraciones que chocan y nos envuelven.

También sucede que pierdo las otras letras, que me quedo sólo con la V y me convierto en la señorita V, aquel personaje literario que se desvanece en el aire, que pierde forma, nadie parece percatarse de que está ahí: la señorita V es efímera, está sin estar. A menudo ocurre que recupero las letras perdidas y existo gracias al acto reflexivo en el que alguien más me recuerda. Pero yo siempre estoy, efímera y concreta, muy a pesar de los demás.

Yo soy vulva, soy Violeta, soy la señorita V, soy la transición entre una y otra. Soy todas a la vez. Es confuso, lo sé. Pero como decía al inicio, el nombre no importa. El nombre es el pretexto para materializarme, para tener una voz y hablar desde mi lugar, para expresar mis deseos y situarlos en mi cuerpo.

 

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